Una historia entre mis historias

31 de Julio de 2017. Autora: Marian Gómez  Bocos- Documentalista y Creadora de contenidos.

Dobló la cuartilla por la mitad, haciendo coincidir con precisión milimétrica, las cuatro esquinas del papel. Un doblez y otro más. Pensó que el sobre que había escogido, a la carrera y casi sin mirar, era demasiado ridículo para una noticia de ese tamaño.

Dimitía. Después de ocho años, cinco semanas y tres días en el despacho, presentaba su dimisión.

“Debería existir un hola empresarial”-pensó con media sonrisa-“una revista de cotilleos ejecutivos en la que de vez en cuando poder ser el protagonista de la portada, aunque no se cobre exclusiva”.

Mientras, su saliva sellaba un sobre.

Estiró la mano para alcanzar un bolígrafo azul del cubilete y escribió en ese sobre tan poco sobre y con esa letra tan suya e inconfundible el nombre de Jorge, su gerente. Lo subrayó dos veces, como queriendo darle más importancia, y, antes de dejarlo sobre la mesa, se abanicó con él. Corría el mes de noviembre, el de su cumpleaños, y en la capital, el calor que llamaba a los abanicos había abandonado a los lugareños hacía semanas.

Y, sin embargo, allí estaba, improvisando un pay pay con un sobre mínimo, sudando gotas de incertidumbre en casi invierno y temblando certezas futuras.

Había entregado ocho años de su vida a aquella empresa, y, casi sin querer, la había convertido en algo “suyo”. No suyo como posesión, sino como importancia, como parte de su vida. Esa manía de “empezar a querer enseguida”, de apreciar casi al instante, de importar en demasía todo lo que aterrizara en su vida independientemente del origen o procedencia, eso, le había traído más de un problema, más de un llanto, y, en ocasiones, infinita de decepción.

“Vine así de fábrica”, se justificaba, y de paso, justificaba, cuando lo necesitaba, su dolor.

Quien lo diría -pensó- mientras cerraba los ojos e inspiraba lentamente, mientras esperaba en el despacho de Jorge, su gerente, su llegada, paliando el gélido calor del invierno de una decisión con un sobre nominativo.
No pudo evitarlo. Echó la vista atrás y revivió, como si sólo hubieran pasado un par de horas, el momento de la entrevista. No es que no tuviera trabajo cuando postuló, es que ella creció a una velocidad que no lo hizo su entonces puesto. Es que los aranceles, aduanas, clientes y el sonido de un teléfono que no callaba y con el que intimaba todos los días, no habían alcanzado su ritmo.

“Crecimiento personal inversamente proporcional a desarrollo profesional” que diría su amiga Marta, la física, la que reducía todo a fórmulas para explicar el devenir de la vida.

Las páginas salmón de un dominical de los de entonces tuvieron la culpa. Nada más ver el anuncio, supo que estaban hablando de ella. Se sentó frente al ordenador dispuesta a contar, y contó. Le gustaba. Decir en palabras quién era nunca supuso un problema. Se resumió. Precisó lo que era y lo que sabía hacer. Pulsó el botón de enviar, cruzó los dedos y pensó “si Dios quiere”.

Y el destino y Dios, quisieron.

Quince días después allí estaba ella. En la sala de juntas de aquel despacho, el que

se anunciaba, el que pedía, el que ella quería, el del anuncio, con el pantalón verde de las ocasiones especiales y el jersey sin mangas de punto casi del mismo color, conteniendo los nervios y apretando sus manos, intentando agarrarse a una posibilidad, a un sí, a la victoria.
El socio director, y su mano derecha, Elena, fueron los encargados de entrevistarla. Supo, sin ciencia cierta ni razón a la que aludir, que el puesto era suyo cuando él, el mandamás, le preguntó por qué se peinaba “a la francesa”, a lo garcon, como le dijo que se llevaba entonces. Supo que le gustó su respuesta, el “no sabía que mi peinado iba a la moda”, el “acostumbro a llevar lo que le gusta a mi bolsillo, y a mi”. Supo que las preguntas de después eran mero trámite y supo que tenía nueva casa y nuevo empleo antes de salir de allí.

Y así fue.

No lo supo entonces, pero, después, al tiempo, Elena, la que le entrevistaba, la abogada seria, la que imponía y anotaba respuestas en la entrevista, la que dirigía mucho más que él, el cherif, el mandamás, Elena, aquella Elena, se convertiría en su amiga y en uno de sus pilares en los momentos más difíciles que le tenía preparada la vida.

Pero eso, es otra historia a contar…

Mientras, allí seguía ella. Esperando la llegada de Jorge, su gerente, a su despacho. Apaciguando el no calor de un noviembre madrileño. Abanicándose con un sobre que le quemaba los dedos. Recordando su pasado, respirando su presente e imaginando la posibilidad de un futuro. Temblando por lo que fue, por lo que era y por lo que podría ser. Soñando. Imaginando. Ilusionándose….
Pero eso, su futuro, bien merecen otras líneas…

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