La mecánica del corazón

13 de febrero. Autora: Marian Gómez

Pasó como pasan estas cosas. Despacito. A la chita callando, sin avisar, no fuera que en una de éstas, sin quererlo, víctima y verdugo, en un vis-á-vis improvisado, consiguiesen algo más que hablar.

Tenían que reconocerlo. Les gustaba el cuerpo que les había “tocado”, su ser. Conocían al dedillo lunares y marcas de nacimiento. Sabían del significado de ese pliegue emergente en el entrecejo en momentos de tensión y de cómo debía empezar una sonrisa para terminar en carcajada. No les costó trabajo distinguir las primeras arrugas alrededor de los ojos, las propias de la edad y las del dolor, y dejaron de contar sus canas cuando superaron la centena. Ya no era el cuerpo de aquella chiquilla de 18, la que repartía su vida, con la equidad propia de la edad, entre facultad y trabajo, familia y amigos, placer y obligación, pero, a decir verdad, la estampa de sus 41 años destilaba un savoir faire que sólo los vividos y experimentados son capaces de exhalar.

Al principio, en el reparto de roles, cuando a la razón se le adjudicó el papel de verdugo, no lo entendió. A ella, la intelectual más racional, algo se le escapaba. Y no sabiendo cómo reaccionar, y, actuando a la precipitada, se revolvió con la fuerza y determinación que le otorgaba la cordura, su fiel aliada. Un Atila destructor llamado a arrasar todo sentimiento que generara el alma. Le hizo caer y levantarse, encontrarse y volverse a perder, y, cuando los límites del raciocinio ya rozaban el borde de la no cordura, le soltó de la mano, segura de que volvería. Siempre había sido así. La experiencia le decía que tenía que ser así. “Donde manda la cabeza, se decía, el corazón, calla”.

A veces, y sólo a veces, la estadística falla…

Cuando se dio cuenta que ella, que aquella rubita de ojos marrones y sonrisa desbocada le pertenecía a él, creyó reventar de alegría. Muchas habían sido las ocasiones en las que, conociendo el cuerpo en el que bombeaba y las razones que le guiaban, le había puesto sobre aviso. No había sístole sin diástole que no le llevase un recado. No había noche con lágrimas en la que no enlenteciera su ritmo, sólo para acompañar, ni día sin risa en el que sus brincos, no se dejasen sentir. Desde que descubrió que en ese cuerpo y en esa vida, la cabeza no podía mandar, supo que estaba condenado a ejercer de víctima, porque ella, su dueña, sopesando su pasado y viviendo las consecuencias en su presente, acallaba su voz con la cordura como mejor arma. En el fragor interno de ésta, su batalla, las entrañas doloridas, sólo se preguntaban “¿será posible que el sentimiento pueda ganar, algún día, a la palabra?”

No hizo falta ni un pacto, ni un contrato, ni un momento para hablar. Sucedió así, despacito, como suelen pasar estas cosas… Un despiste de la razón que dio ventaja al alma. El peso de una máxima vital, sostenida durante mucho tiempo, y, que al soltar, calma. Argumentos rebosantes de sensatez que no llegan a nada. Un algo a lo que agarrarse, y, hasta las palabras, fallan….

“¿Dónde está la razón – grita un corazón sin voz- ahora cuando la llamas?”
“¿Qué fue de tu voluntad, guiada por sus ganas?”
“¿Acaso creíste en atajos entre cabeza y alma?”

Y es que, con razón o sin razón, con juicios, argumentos, motivos y más causas, no es posible callar a un corazón, cuando éste, en tu vida, manda.

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