Derecho a sorprendernos

Autora: Marta Álvarez. Periodista – Comunicación – Socia Media

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste así? Con esta pregunta nos sacude la memoria un anuncio de una conocida marca de coches. Con ella, apela a la emoción inexplicable que sentimos cuando experimentamos algo por primera vez, como esta pequeña entrañable que, tras descubrir la lluvia, nos saca una inevitable sonrisa. Una sonrisa que también esbozamos, casi sin querer, cuando recordamos la primera vez que vimos nevar, el primer beso, el primer día de universidad, la primera vez que olimos y saboreamos una nueva comida… La novedad es sorpresa y lo sorprendente tiene la maravillosa cualidad de grabarse a cincel en nuestra memoria.

Si perdemos la capacidad de impresionarnos, de dejarnos sorprender, de ilusionarnos por la novedad, será como quedarse sin viento que nos empuje hasta el siguiente puerto. Insuflar esta energía en nuestros rumbos hace palpable nuestra existencia.

Desgraciadamente, existen múltiples factores que absorben y merman esta capacidad, sobre cuando uno asume cargas, voluntaria o involuntariamente, se responsabiliza en exceso de tareas, funciones, personas, situaciones… Es decir, cuando ejerces un altruismo desmedido que, al final, acaba por consumir tu interior.

Quien se ha vaciado de esta energía, ¿cómo es capaz de seguir aportando?, ¿cómo va a ser capaz de volver a sorprenderse? No es posible (por lo menos a corto plazo). Nadie puede ser la locomotora de todo lo que le rodea sin resentirse, sin flaquear o, simplemente, sin evitar la desesperación de la soledad. Porque sí, es una función que se sufre en solitario.

Ahí está la problemática, cuando te has cansado de remar, muchas veces a contracorriente, sin obtener mínimamente el respeto, el reconocimiento y la reciprocidad que merece el tiempo que inviertes para con los demás. Más bien, en ocasiones, recibes todo lo contrario, desagradecimiento o críticas destructivas o, incluso, si osas rebelarte o mostrar tu descontento, no te queda más remedio que hacerlo con un grito mudo.

Es palmario que no puede controlar estas reacciones, pero sí cómo tú las afrontas. Nada ni nadie tiene el derecho a minar tu forma de hacer o de ser, ni mucho menos a borrar de tus entrañas la emoción de sorprenderte. Como decía el polifacético R. Tagore: “La vida es la constante sorpresa de saber que existo”. Incluso bajo la lluvia.

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